Comunicación, lenguaje y oratoria: los orígenes históricos de la oratoria como técnica de comunicación oral
El ser humano es un ser social y, como tal, necesita comunicarse. Para comunicarse, las personas utilizan el lenguaje. El lenguaje permite describir y comunicar los pensamientos, las ideas y los sentimientos.
Según algunos estudios, el lenguaje comenzó a utilizarse en la comunicación humana hace unos 400.000 años, surgiendo así diferentes lenguas. A partir de ello, se fue perfeccionando el uso del lenguaje y quienes mejor lo manejaron lograron incluso complementar lo que intentaban decir con los signos de la gestualidad (Vásquez, 2015, págs. 17-23).
La oratoria como se conoce en la actualidad, entendida como una técnica especial de la comunicación oral, procedería de la isla de Sicilia (hoy Italia) en el siglo V a.C. En efecto, con la caída de los tiranos, numerosas personas se vieron en la necesidad de reclamar la recuperación de sus propiedades confiscadas, lo que originó intensas discusiones en el ámbito judicial. En ese marco, los logógrafos, quienes escribían discursos para que otros los pronunciaran, actuaron como asesores de los reclamantes. Entre estos destacaron las figuras de Córax y Tisias, quienes habrían redactado un texto con herramientas útiles para expresarse con objetivos de persuasión ante los tribunales. Dicho texto, del que no se conservan ejemplares, ha sido considerado el primer tratado de retórica de la historia.
En la antigua Grecia fue Gorgias (480 a.C.-380 a.C.) quien introdujo la técnica de la oratoria aproximadamente en el año 427 a.C. Los griegos le otorgaron a la disciplina especial importancia.
En ese contexto destaca la figura de Demóstenes (384 a.C.-322 a.C.), quien, a pesar de sus dificultades para hablar (tartamudez), con esfuerzo superó sus limitaciones naturales y se llegó a convertir en el gran orador de su tiempo. Demóstenes se vio obligado a reclamar ante los tribunales la herencia que le correspondía y que le negaban quienes se habían hecho cargo de él después de la muerte de sus padres. La historia indica que fue la técnica oratoria de Demóstenes y la argumentación empleada lo que le permitió salir exitoso en su empresa, para luego dedicarse a elaborar textos para afrontar pleitos particulares (Vásquez, 2015, 75).
Pensadores de la antigüedad clásica que sentaron las bases de la oratoria como disciplina formal.
Sócrates (470 a.C.-399 a.C.) consideraba a la oratoria como un arte con fines elevados, pues afirmaba que podía ponerse al servicio de causas de interés general.
Aristóteles (384 a.C.-322 a.C.), por su parte, también se ocupó de la disciplina, habiendo escrito la obra “Retórica” o “Ars Rhetorica”, en la que desarrolló el arte de la persuasión. Este pensador griego clasificó los discursos en tres tipos, dependiendo de su objeto: demostrativo, deliberativo y judicial.
Marco Fabio Quintiliano (35 d.C.-95 d.C) adquirió notoriedad en su esfuerzo por analizar y profundizar en las técnicas de la oratoria, lo que dejó plasmado en su obra Instituto Oratoria.
En ese auge de la oratoria se ideó la división de los discursos en segmentos: la introducción, la narración, la argumentación, la refutación y la peroratio (parte final que resume lo expuesto e intenta convencer al auditorio). Lo anterior, aunque se mantuvo por extenso tiempo, no sigue siendo útil en la actualidad, según indican los especialistas en el tema.
En la antigua Roma se mantuvo el auge de la oratoria, destacando, entre todos, la figura de Marco Tulio Cicerón (106 a.C.-43 a.C.), tanto por la fama que adquirió a partir de sus discursos, como por los textos que escribió al respecto. La transición entre la República y el Imperio fue el escenario propicio para que la oratoria se concibiera como herramienta política.
Con el paso del tiempo, dominar el uso de la palabra se llegó a considerar sumamente prestigioso, por lo que incluso llegó a reglamentarse. En tal contexto, la expresión oral fue cultivada por filósofos y políticos. El mismo Julio César (100 a.C.-44 a.C.), uno de los políticos y militares más importantes de Roma, estudió oratoria al notar la importancia de la disciplina y la necesidad de ejercitarla adecuadamente si quería tener éxito en la vida pública romana.
Ya en la Roma imperial y hasta entrada la Edad Media, la oratoria fue perdiendo el brillo que había tenido, en parte por el abordaje que se hizo por los tratadistas. En ese periodo de decaimiento, ante el retiro de los romanos de la península ibérica, surgió el español o castellano como lengua romance, es decir, derivada del latín, cuyo uso fue deteriorándose (el latín vulgar) hasta convertirse en un idioma más autóctono.
Siglos después Elio Antonio de Nebrija (1441-1522) hizo su gran aporte al idioma español, con obras como “Vocabulario Español-latino” (1494), “Gramática española” (1492) y “Reglas de ortografía castellana” (1517). La contribución de Nebrija fue vital para entender la estructura y las reglas del lenguaje, es decir, para determinar el uso adecuado del idioma y, con ello, asegurar una correcta comunicación por su medio. Así, el interés por “hablar bien” fue cultivándose, tanto desde el plano del empleo apropiado del idioma como de las formas idóneas de comunicación oral.
Sin embargo, a finales de la Edad Media se apeló a la oratoria con el solo efecto de lucirse frente a un auditorio, al punto de privilegiar un léxico rebuscado que demeritaba cualquier fin comunicativo en el discurso.
Para 1713 el rey Felipe V creó la Real Academia Española (RAE) como órgano rector del idioma, función que hasta ahora ejerce (véase, artículo 11 de la Ley del Organismo Judicial, Decreto 2-89 del Congreso de la República). La RAE publicó en 1726 el “Diccionario de la lengua castellana” (conocido como “Diccionario de Autoridades”), en el que se explicaba el sentido de las voces con frases y modos de hablar, proverbios y refranes. En 1780 se publicó la primera edición del “Diccionario de la lengua española”, siendo una nueva versión, sin citas de autores, de la publicación de 1726. A la fecha, la RAE ha publicado 23 ediciones del diccionario (la más reciente en 2014).
Más adelante en la historia, la oratoria recuperó el brillo del periodo clásico, pero nutrido de las reglas idiomáticas. En ese marco destacaron figuras como Napoleón Bonaparte (1769-1821), Abraham Lincoln (1809-1865) y José Martí (1853-1896).
En tal sentido, la oratoria fue cobrando mayor relevancia, entendida por muchos como “el arte de la palabra hablada” y empleada con el objeto de dar forma estética a la expresión oral de pensamientos, ideas y sentimientos. De igual forma, el estudio del idioma y la comunicación fue haciéndose más complejo, lo que hizo crecer distintas disciplinas, como la filología, la lingüística y la semiótica.
Ya entrado el siglo XX surgieron nuevas figuras destacadas en el campo de la oratoria, especialmente en los ámbitos de la política y la comunicación social. Entre tales personajes puede mencionarse a Adolf Hitler (1889-1945), John F. Kennedy (1917-1963) y Martin Luther King (1929-1968). Sin duda, el acceso a la educación y el desarrollo de las comunicaciones fueron provocando que más sectores de la sociedad pudieran expresar sus ideas en espacios públicos como nunca había sido posible.
Con el devenir de los años y las nuevas dinámicas sociales, la oratoria fue tomando un rumbo distinto al que había tenido, pues más que la expresión estética se fue dando mayor importancia al contenido del discurso.
Ello determinó una visión más práctica de la disciplina, en la que no se demerita del todo los aspectos formales de la expresión oral, pero que, indudablemente, pone mayor énfasis en la finalidad comunicativa y los argumentos en que se apoya el orador.
Incluso, la oratoria incide en el éxito del diálogo entre personas, lo que resulta esencial para lograr acuerdos y, en su caso, resolver diferencias. De igual forma, aunque una decisión no derive del acuerdo de voluntades, la capacidad de quien decide para hacerse comprender y, eventualmente, generar convencimiento y confianza en lo decidido, tiene en la oratoria una herramienta de indudable valor.
Es en este ámbito que la oratoria adquiere importancia en la función jurisdiccional, siendo hacia esa perspectiva que se dirige el contenido del módulo.